Que duro es el primer día
Señores, antes de todo, tengo que decir que este artículo lo escribí ayer pero, por problemas de esta página no se publicó y no hubo forma humana de ponerlo. Asín qué, con un día de retardo les obsequio con este tocho.
Amigos, hoy me he dado cuenta de lo duro y lo puteado que vas el primer día que entras a trabajar. Ya tenía indicios por las experiencias vividas, pero hoy, viendo a otro es cuando he visto la luz.
Haciendo memoria, me tengo que remontar al principio del verano del añao pasado para contaros el primer día que hice de jardinero. Destino: monte horquera, la urbanización donde Ricardo tiene, digamos, el campamento base. Trabajo: podar a tijera el seto del paseo. Un recta de un kilómetro con un seto de baladres (Nerium Oleander) -en castellano, puesto que lo decimos mal, es adelfa- de un metro de ancho. Allá que me planto con Josa y Ricardo y nada, al toro. Esto, mira, coges así las tijeras y chan chan chan, a la marcha. La verdad es que fue bastante fácil pero claro, el primer día hizo que fuera muy chino chano, teniendo un cuidado extremo, etc. Ahora ya llevo, a lo tonto, unos 6 meses como jardinero y ya tengo el tranquillo hecho. Aún hay cosas que se me escapan -sobretodo de jardinería técnica pura y dura como montar riegos, algún nombre de herramienta (os sorprendería la de útiles que hay) y bueno, nombres de plantas que hay millardos- pero tengo la facilidad de que, con una vez que Ricardo me diga algo, me lo aprendo y ya lo hago bien.
En fallas, también empecé un trabajo que nunca había hecho en la vida y que, por manías y miedos tonto supongo, le tenía tirria: camarero. Estaba sin trabajo, necesitado y muy aburrido (que malo es el paro) y mi amigo Pedro me propuso trabajar como camarero con él. Así que dije, ché, tó es probar. Como digo le tenía tirria por aquello de que podía tirar la bandeja con lo que llevara -pero convencido total, soy un torpón- y, no sé, ya os digo, manías tontas. Y allá que me presento, más tieso que una estaca y listo para lo que me mandaran. Más nervioso que la hostia y a la vez, eso, poniendo cuidado extremo, etc etc. Y lo malo, es que en esta faena no te puedes dormir. Tienes que estar X horas (donde X tiende a lo que haga falta) apencando y con diligencia. Total. Que estuve, entre pitos y flautas, unos 18-20 días -tenía un superacuerdo con Pedro que consistía en que, al llegar fallas yo tenía que irme a tocar- y, lo mismo que antes, ché, aprendí un huevo de cosas. Aún soy un torpón y un trompellot llevando bandejas y tal (dentro de que adquirí una destreza inaudita en mí), era al que más propinas dejaban, sin vacilar, aprendí a poner cafés de máquina (otra quimera imposible que yo tenía) y, bueno, me enseñaron a pensar como un camata: si haces viajes a algún sitio, siempre, SIEMPRE, llévate algo si es que puedes. Parese que no, pero es una cosa que ayuda mucho en todo.
Y yendo a lo que iba, que me voy por los cerros de Úbeda contandoos mi vida y milagros (que son pocos y más bien cutres, pero haberlos haylos), lo de esta mañana ha sido el detonante. Por cuestiones laborales, hemos tenido que quedarnos a comer en el restaurant de la urbanización. Hemos visto rular bastantes camareras por allí que, en verano (cuando más gente va por allí), echan una mano. Se notaba que tenían cierta habilidad y tal. Pero, es que hoy, había un camarerillo, ajajaj, que lo tenía todo. Unas trasas de mortadelo que te rilas (gafas así cuadradas de pasta negra), engominado hasta allá, sin duda ayudado y asesorado por su señora mamá, jejej, unos 17 años y, lo que aquí estoy diciendo: el primer día (o igual el segundo). La cuestión es que, el chaval no tenía ni puta idea del oficio, estaba nerviosísimo y encima, hoy el bar estaba bien de gente. Allá que te ves al churumbel con la bandeja mal llevada (en otro artículo ya daré un cursillo, como se me dio a mí en su momento, sobre como llevarla bien), ponía platos de sopa y no llevaba las cucharas hasta que los clientes se las pedían (a mí también me pasaba pero los compañeros me lo recordaban) y, lo que nos ha hecho esclafarnos de risa al Josa y a mí, lo del menú. Sus explico y termino, que últimamente estoy escribiendo cada castaña que me vais a coger hasta malisia. Nos sentamos y llega el tete, requetepuesto, requeteprofesional, jiji, y nada, el protocolo:
El menda: Bueno, ¿que tenéis?
Pin-pin: De primero "Moja" y Sopa de pescao...
El menda: Moja? que es eso?
Pin-pin: No, es Moje.
El menda y Josa: Ah, ya. Y qué es eso?
Pin-pin: No sé.
jajajaj, que deshueve. Al final, porque seguro que tampoco sabréis lo que es (y luego no me vengais chuleando "que sí, que sí que lo sabíamos" que no cuela), resulta que era una especie de salpicón que llevaba cebolla, olivas rellenas, tomate, huevo duro y besugo. Ha caído eso, desde luego, porque la sopica... y estaba bueno. Repitón, pero bueno.
Viendo hospital central, con un calor más bien soportable y, nada, al próximo espero no extenderme tanto. Sorry
