El valor del silencio
Ya sabemos que una imagen vale más que mil palabras. Pero hay silencios que valen más que mil imágenes. Os explico.
Lamentablemente, el día de reyes falleció la madre de unos amigos míos; Virgilio, Horacio y Jose Manuel. La verdad es que fue una putada enorme ya que, hace menos de un año se quedaban huérfanos de padre. No sabéis la impotencia que esto causa. Y no solo a la familia (que deben de estar pasando unos días terribles) sino para todos los que somos amigos de ellos. Te invade una pena tremenda mezclada con una rabia casi incontenible. El pensar ¿por qué? ¿por qué tienen algunos que irse antes de hora? Es algo muy doloroso.
En marzo hará 3 años que murió la madre de un vecino mío. De mi quinta. Toda la vida -bueno, hasta que se casó el año pasado- viviendo puerta con puerta como aquel que dice. Él en el séptimo piso, yo en sexto. Entonces, llega la tragedia. Infarto cerebral. Una mujer con 46 años que deja un marido, un hijo y una hija. Cuando me enteré me puse a llorar como si fuera un familiar directo. Estar toda la vida viendo a esa mujer trasteando por su casa cuando íbamos allí a jugar de pequeños es muy duro cuando llega esto.
Al año siguiente, por las mismas fechas, muere de lo mismo otra vecina. Del otro patio de la finca pero, en esencia, igual de "familiar" que ésta. Otra vez todo el mundo al tanatorio de pésames, viendo llorar a la familia hecha polvo y luego, tras la misa a dar otra vez el último consuelo antes de que se lleven el cuerpo al cementerio.
Un año más tarde es cuando fallece el padre de Virgilio. No somos vecinos pero hemos ido juntos a la escuela desde preescolar. De pequeños todos hemos tenido nuestros rifi-rafes con todos pero cuando llegas a una edad donde el conocimiento ya lo tienes asentado varios años, te das cuenta de que estas cosas te llegan. El ver a unos tíos como tú que se quedan, de pronto, sin padre te hace pensar que tú puedes ser, prefectamente, el siguiente. Aparte de que ver a tus amigos destrozados hace que te sientas terriblemente abatido. Si a esto le sumas la muerte ahora de la madre, imaginad el panorama.
En situaciones como ésta es donde se aprecia el verdadero significado del silencio. Ayer por la mañana, os aseguro que el rato que estuve en el tanatorio, sentado, cabizbajo -y como yo todos los presentes- y en silencio fue un momento muy emotivo. El ver como los hijos miraban alrededor y podían ver la tristeza en los asistentes y asímismo comprender que todos estábamos allí para lo que hiciera falta lo encontré como una situación muy loable. Al terminar la misa y volver a dar otra vez el pésame es donde ya concluí con mi investigación.
Todas las personas que van detrás del coche funebre se ponen en fila para estrechar la mano de los hombres y besar a las mujeres que esperan el pésame. Es la costumbre aquí antes de ir al cementerio. Imagino que por vuestras zonas será más o menos igual. Ayer todos pasaban con la cabeza gacha y le daban los dos besos a la hermana y la mano a los tres hijos. Cuando llegué yo, que conozco a la familia, pues nada; dos besos a la hermana y un apretón en el brazo, choque de manos con el hijo pequeño, el mediano y, cuando voy a llegar a Virgilio, me tiende la mano pero yo le abrazo. En ese instante en que me devuelve el abrazo y permanecemos los dos callados, noto como si él sintiese de verdad y sin palabra alguna todos los ánimos que le deseo y la pena que siento por todo. Con un "gracias, Alan", le doy dos palmadas en el hombro mientras le digo "de nada" y me voy.
Quiero decir con todo esto que, a veces, cuando uno está callado expresa más emociones e incluso palabras que cuando lo hace hablando. En esta ocasión es por algo muy triste pero, cuando encuentre algo que no lo sea también lo compartiré con vosotros.
