Memorias de una geisha

Me ha pasado como en otras ocasiones; te lees el libro y te mola y cuando ves la peli te quedas un poco despagao.
La historia es que Chiyo, una niña de nueve años, es vendida a una Okiya para trabajar como sirvienta. Una Okiya es una casa de geishas. En ella tiene que limpiar, comprar y lavar. Pronto Hatsumono, la principal geisha de esa Okiya le coge malisia y le empieza a hacer trastadas. Total porque tiene los ojos azules y se prevé que cuando crezca será una mujer guapísima. Así que los primeros años en esa casa se hacen un sufrimiento para Chiyo.
Un día, está llorando en un puente porque piensa que su vida es un infierno y un hombre que iba acompañado de dos geishas la consuela y le invita a un helao. A partir de entonces la meta de Chiyo es llegar algún día a convertirse en geisha para acompañar a ese hombre en concreto que luego resulta ser un presidente importante.
Como la ama de la Okiya de Chiyo le debía dineros a Mameha, una importante geisha, ésta decide que quiere adoptar a una de las sirvientas para enseñarle el arte y habilidades de las geishas. Y coge, ¿a qué no sabéis a quien? Y nada, el resto de película es el aprendizaje de las geishas y, más tarde, sus funciones. Digamos que eran como las vedettes de la época. Sin tener carrera de biología ni un hijo que muerde micrófonos pero casi.
Pasan por todos los “conceptos clave” orientales como son kimonos, mizuage y bailes pero muy por encima. El libro es mucho más rico en esto.
En cualquier caso, la peli es recomendable si queréis estar en el Japón de los años 30-40 por los paisajes, trajes y el cacho música que le ha compuesto el amigo John Williams (en detrimento de la banda sonora de Harry Potter y el cáliz de fuego). Aviso que dura casi dos horas y media y llega, en algún momento, ha hacerse pesadita.
