Un jefe listillo
El no va plus, oigan. Pero así, sin querer. Qué fuerte, qué fuerte.
Iba a hablar sobre la película “los tres entierros de Melquiades Estrada” porque es la que voy a comentar en el gallinero este jueves pero lo de ayer tarde es más importante.
Va y me llama Pedro para pagarme las horas que me debía por mis servicios prestados en su local. Bien. Coge la calculadora y multiplica 18,5 (que era las horas que tenía por cobrar) por un número. Extrañado, miro a la pantallita del aparato y no me cuadraba la cifra que salía. Repite la operación y esta vez veo que estaba multiplicando las horas por 5. Así un poco como el que no se lo cree, lo miro y miro a la calculadora. Repite la operación pero esta vez multiplica por 5,5. Ni sé lo que sale porque ya no miraba al aparatito de los números sino a él.
- Y esto no podría ser?
- Pues no.
Os pongo en situación. Ya por octubre del año pasado cuando estuve con él hablando de lo que serían mis “condiciones” laborales, quedamos en que las horas me las pagaría a mil pelas. Yo me encargaría de todo lo que tuviera que ver con el manejo del ordenador, revisaría facturas y hasta haría cosas que no me “corresponderían” como montar comedores, fregar y hasta limpiar. Todo en uno. Y sin contrato, por supuesto. Al principio era por que el local aún era de su padre y por dos meses que le quedaban al hombre como propietario no se iban a enredar en papeleo y tal y tal. Vale. Luego ya, por perrería. Yo iba allí, le hacía la faena y ya me pagarás. Que esa es otra. Aparte de todo lo dicho arriba, desde el primer día he sido el que le ha dicho en todo momento que no se preocupara en pagarme; da igual que sea semanal, quincenal, mensual o cuando puedas, vaya. Vamos, que más facilidades ya sería bajarme los pantalones y mientras me rebufara en la nuca le tuviera que pedir perdón por darle la espalda. La única “ventaja” que le pedí es que cuando llegara una salida para irme a tocar varios días me iría y quedamos en que sí. Cambiándole horas de trabajo, por supuesto. Si me voy una semana, a la otra saco tiempo de donde sea y compenso. Repito que sin contrato alguno, por si no queda claro esto.
Así que estamos los dos en la cocina pequeña y empieza el simposio.
- Pero que te crees que soy, un moro o qué? que me estás regateando...
- No, es que la faena no la sacas...
- Que qué? Que no la saco? Va, hombre
- Es que mucho silbido (porque yo me pongo el mp3 y oigo música) pa aquí y pa allá...
- Claro hombre. Acaso tú no oyes la radio cuando trabajas?
- Está puesta pero no la oigo. Es que tú no te concentras y no tienes ideas.
- Pues yo igual. A ver si te crees que por llevar esto, me subo al despacho y me pongo a imaginarme desfiles. (por aquello de que oigo pasodobles y tal). Además, te recuerdo que no trabajo de cara al público y que no estoy asegurao ni ná
- Mira, como voy a cambiar de gestor y tal miraré lo de contratarte
- Vale, lo que pasa es que yo, ahora mismo, estoy hasta bien como estoy. Fíjate tú. (esto más que nada porque como ya tengo un contrato por las mañanas, más que nada para disimular el negreo, no me conviene marearme en tener dos contratos de mierda por el precio de uno.)
Este ya no sabía ni donde mirar porque no tenía ninguna razón. Y sigo arguyendo que hago cosas que no me tocan, que me puede pagar cuando quiera, que cuando me quedo sin trabajo enseguida voy a por más, que todo son facilidades por mi parte... y él lo sabe. Vaya si lo sabe. Ja!.
- Yo estoy aquí más que nada por hacerte un favor, sabes?
- Ya, pero no pasas con el aire
- Por supuesto que no. Pero podría estar en mi casa durmiendo o tocándome los huevos en vez de aquí.
- Mira, sabes qué? Que por 10 o 15 euros no vamos a discutir porque eso me lo he gastado yo en merendar
- Pues entonces estamos aquí perdiendo el tiempo. Vamos a hacer como que esto nunca ha pasado.
- Vale. ¿cuántas horas me quedan?
- 2
Pero si que ha pasado. Y ya es la segunda (o tercera si, a lo mejor, me pongo a pensar) que me hace. Ya en el último pago que me hizo que me debía nosécuantas horas, me hizo sisa. Y creo que no fue poco. Pero bueno, me cago en lo que fuera. Lo gracioso es que el tío se defendía diciendo que yo había faltado días (cierto, pero ni por asomo tantos como él decía), que me ponía allí a merendar con ellos y no sacaba la faena (cuando era él mismo el que me decía de serntarme y echar un bocao) y cosas así. No sé si fueron unos 70 – 80 €uros lo que volaron. Pero, como ya digo, me la trae al pairo. Me dejó mosca, sí, pero tampoco te vas a poner a reñir por ese dinero. Y bueno, ya que estamos, yo mismo, muchas veces –sino todas– era el que redondeaba para abajo cuando salía algún ...y 3 o ...y 7. Así que, amigos y amigas, no le he mandado a la mierda porque mira, es una faenilla que no me supone esfuerzo alguno hacer y, ché, que somos amiguetes. La cuestión es que ahora, a ver qué pasa, iré solo los martes y jueves. ¿Ese “solo” iría con acento? (por cierto)
Lo que pasa es que mi conformismo tiene un límite y cuando me haga otra, con toda educación, le diré que paso del tema. Que ni me va a sacar de pobre ni me va a dar de comer el dinero que pueda obtener yo de ahí y que pa estar ahí como Rasca y Pica pues como que no. Que se busque otro tío o tía que le haga lo mismo que yo y a ver cuanto aguanta. Porque si este hombre tiene un defecto (dentro de que tendrá alguno más, como todo el mundo) es que es un negrero de mucho cuidado. Y a mí los negreros no. Y puede que él mismo llegue a leer esto algún día; que sepas que todo lo que digo aquí es sin acritud. Pero lo digo.
No?
