Mi madre es un T-1000
Estaba exprimiéndome la sesera para contar algo interesante. De lo que fuera, vaya. Y el hecho ha venido a mí. Como cuando tienes cartas altas en el truc y tu compañero un ful.
Resulta que estaba yo aquí en el ordenata, romanceando, por internet y cling clang, el timbre. Abro y eran dos vecinos de la finca y un tercer hombre –no el de Orson Welles– desconocido.
- Mira, que venimos a medir los balcones.
- ¿Los balcones?
- Sí, es pa cambiarlos y tal...
- Pasar pues (pero extrañado)
Mis padres, nada más comer, habían tenido que irse a recoger unos materiales para la obra de mi casa y estaban las camas sin hacer y tal. Los tres mosqueteros decían que no pasaba ná, que ellos también eran hombres de casa y noséqué. Total, que se me meten los tres maromos a mi cuarto y allí estaba yo apartando el trompón, la papelera, la estufa y la tele para que entraran a medir el balconcito. Cuando acaban me dicen que tienen que medir también el que está en el cuarto de mis padres. Misma estampa: la cama sin hacer y aquellos, como un tifón, al balcón. Que rima. Acaban, se van y yo a mi marcha.
Al llegar mi madre tengo la genial idea de contarle el echo. Bueno, ríete del basilisco de Harry Potter y la cámara de los secretos o las grandes górgonas del Heroes of Might and Magic III. Que puro me ha caído. Pero así, sin querer. Yojodo.
Que si eres fasilitario, que si tú te crees con la casa revuelta, esto no lo hagas más en la vida y, bueno, un sinfín de broncas una detrás de otra como cuando haces una fila con las fichas del dominó y empujas la primera. Una pelota de nieve inmensa que, por otra parte, he visto desproporcionada.
Y espérate, que no contenta con el peliculón que me arma, se me baja a casa del vecino a explicárselo. Yo estaba entre a punto de descojonarme y acojonado. Y no es lo mismo una cosa que la otra precisamente. Desde el comedor oía como mi madre le echaba el mismo puro al vecino. Y aquel, claro, lo siento, perdona y mil disculpas. Pero mi madre, implacable como el terminator que puede llegar a ser (si es que no lo es realmente), ahí, dándole. Que mal rato. No sé que cara ponerle a mi vecino la próxima vez que lo vea...
Pero como conozco a mi madre y hace como las nocheviejas que van con resopón, aún sube y me cae la última. De rebote. Así que para calmar un poco al demonio en el que se había convertido convengo con ella en que, a partir de ahora mismo, y como si tuviera 3 años, si tocan a la puerta y no están mis padres ni abro. Ale.
Jamás habría pensado que a mi madre le caería tan mal que alguien viera los cuartos sin hacer cuando es perfectamente justificable que, ché, si acabas de trabajar, comes y te vuelves a ir pues, la casa esté patas arriba. Lo que ya no es tan justificable es que yo no sepa hacer la cama y tal pero eso, al igual que la historia interminable, es otra historia y será contada en su momento. O no, por que tampoco se pasa
