Fallas '06: tercer día
A las ocho arriba. Autobús. Había que ir a la recogida de premios de las 10.30 h. La tónica, la de siempre: todos almorzando en Jose Ramón armándola. Montamos pitos y a la hora señalada, quizá un poquito más, saliendo.
Llegamos al casal y a yantar. Arròs a banda. Qué bueno pero qué poco allioli que nos dieron. En fins. Al rato, me vuelvo para Buñol porque tenía que currar.
Acuden cuatro a la clase de informática. Esperaba ponerles internet y enseñarles nociones básicas pero como no funcionaba les dejé que me preguntaran lo que quisieran y fue excel. Así que, excel. A ver.
Acabé la clase y me fui volando al coche donde me esperaba mi señora madre. Un bocata de tortilla y una coca cola fue la cena que rápidamente ingerí. En un cuarto de hora nos plantamos en la entrada de Valencia. En media hora, en la falla. En 10 minutos más, me planté –corriendo– en la calle San Vicente donde todos estaban armando el espectáculo. Y allí estuvimos un rato largo más. Montándola. Que ofrendón, tú.
Ya al llegar al casal a eso de las 2 de la mañana o por ahí, yo quería irme de fiesta puesto que no había salido ninguna de las otras noches. O no en condiciones, vaya. Pero nadie queria irse. Así que me fui con Antonio, Celia y Fran. A los diez minutos todos estaban cansados y/o hambrientos y se largan. Yo iba a hacer lo mismo, hastiado, pero vi a Ximo (un trompeta de Serra) y me quedé con él y su gente de fiesta.
Y aquí vino, posiblemente, la noche más surrealista de mi vida. Es, no sé, como pensar en el Guernica y multiplicarlo por mil para después sumarle 3 y colorear de verde la parte derecha del resultado. Humor absurdo puro. Y duro. Y sino, atentos.
Estamos en Akuarela (el pub, no la disco en la playa). Se me ocurre pedirme un cubata que resulta ser el más caro de mi historia: 10,5 €uros. O sea. Cuando la pava me lo pone me quedo pensativo unos segundos en los que no sabía si irme pitando o qué. Al final decido quedarme por aquello de que es la primera noche que salgo así en serio, que un día es un día, que ya no vuelvo más a ese local, etc. Pagándole, por curiosidad, le pregunto si ese precio es por las fallas o qué y me dice que no, mi amol, que es siempre así. Decididamente ya no vuelvo más. Y de hacerlo, con bodega en el coche.
Al rato, me meto al wc y veo a unos tíos a los que uno les había dicho si eran de Madrid y sí, lo eran. Por la gracieta les digo lo mismo y aquellos, sorprendidos, me preguntan como lo sé. Ná, por que se os nota y tal. Y uno que se parecía a zampabollos (Ronaldo) empieza a rayarme que si quien era el mejor del madriZ, que si su equipo era el mejor del mundo pero que eran unos mimados y bla bla bla. Consigo zafarme de ellos alegando que me esperaban en la puerta y cuando el chaval se me presenta hago lo mismo como Rogelio. Lo primero que se me pasó por la cabeza, vaya.
Salgo donde estaba Ximo y me junto con él y sus amigos que estaban en la puerta del local. Aún no sé si de seguratas o simplemente preparando la paella que se estaba haciendo para luego dar a los de dentro. Pero en fin. No sé como se desarrolla del todo la trama pero acabo hablando de embiscar pajaricos con red, varetas y cepos. En perfecto valenciano, por cierto. Que si el cuquet s’hi posa damunt del cepet perque fa contraccions i els tords el veuen millor i piquen, que si el pegament de les varetes fa mal al pardalet y mil historias más. Así hasta las cinco y pico de la mañana que ya cierran el local y todos estos se van. Uno de estos tíos, con unas trasas de basto que flipas, a arar con el tractor. Total, ná.
Deambulando hacia la falla, me entra hambre. Ché, pues voy a almorsar. Eran casi las seis de la mañana pero como el bar del Jose Ramón estaba abierto las 24 horas, pues pa dentro. Llego allí, medio doblado por la ofrenda y el cubata de caviar y pido un chivito. Había una serie de personajes y personajas en la barra y en una mesa. Se ponen a cantar un poco la de gavilán y paloma de Pablo Abraira y me pongo a cantarla yo también. Se me gira el hombre que estaba de pie, al lado mío y me dice: tú no eres de aquí. Imaginad a un malo maloso de las pelis del oeste de canal nou de estos con la cara llena de arrugas y ponedle melena y una chupa de cuero. Aquel que me dice eso y yo que no soy cabroncete (y cuando voy tocaico soy más) y le respondo que no.
- A ver si te lo adivino.
- A ver
- Tú eres... a ver si vas a ser paisano mío...
- Podría ser
- Eres de Jaén!
Claro, allí que me entra la risa interna pero me la aguanto como una puta y le digo que no, que no soy de allí.
- Ay, pues hablas como los de allí. Espera, ya está: eres de Córdoba.
JA! En serio, me faltó nada para deshuevarme. Pero me mantuve estoico y aguanté como un campeón. Así que mientras le digo que no, que no era ni de un sitio ni de otro por más que el tío insistía en que sí, se une a la conversación el otro personaje. Si este era el malo de las pelis del oeste, el otro era el enterrador: encorvado, feotón también como él solo y con los ojos saltones. Entonces, de donde eres? Ante la expectación creada, puesto que los otros dos acompañantes que iban con ellos también estaban con la parabólica pegada, les digo que soy de Motilla del Palancar, Cuenca mientras recojo el chivito y la serveza que me había puesto el camarero y me dirijo a una mesa.
Me siento y me viene el tercer hombre, igual que el primero pero vizco (que ya tiene huevos la cosa) y me suelta:
- Pues mi cuñado es el dueño de (noséquéhotel) de allí de Motilla del Palancar y yo estuve tocando en una orquesta, la batería, allí, muchos años.
JAJAJA! Imaginad la cara que se me queda cuando el pavo me suelta eso. Miro a todas las paredes y techos del local para acabar clavando la vista en el bocata. Ahora, macho, hay que salir de esta, me digo. Y nada, a todo lo que me decía el tío le contestaba con monosílabos del tipo “Sí”, “Ajá” y “mm”. Y todos contentos. Acabo el bocata y me despido de ellos alegando que me voy al piso de mis amigos de Cuenca (porque me habían preguntado y tal donde me alojaba) y me voy a la falla.
El casal estaba lleno de gente. Me pongo a hablar con Jordi (el delegado de los infantiles) y me comenta que la ofrenda muy bien este año, que el año pasado fue un desastre (eso ya lo contaré otro día si se tercia) y nada, conversando sobre la xaranga básicamente. Así que se hacen las siete y pico de la mañana y tanto Jordi como unos cuantos falleros más que quedaban por allí deciden irse a un after a hacerse una cerveza. En la puerta del local me quedo con Fernando preguntándole por el garito. Amanecer se llamaba. Madre mía que local. Estando en la puerta con él hablando unos minutos entraba cada especimen que daba miedo. En la fachada ni un título ni un rótulo identificando el local. Una mirilla en la puerta a un metro y medio escaso de altura. Dos farolas cutrísimas flanqueando la entrada principal. Consigue hacerme entrar pero, tras ver a los trepas que había dentro y las trasas generales del local me despido de todos momentáneamente porque quería, a lo chiquillo, ir a la despertà a tirar petardos.
Y bien, creo que con esto ya cubro suficientemente lo que es la dosis diaria de aventuras aparte de que ya estoy comentando cosas del cuarto día. Mañana, sigo.
