No mola trabajar y padecer
Y eso es lo que me está pasando desde que empecé mi ocupación como docente de informática en Turis. O sea. Ya os contaba el otro día lo mal que lo pasé con el dichoso candado de la reja.
Pero es que, hace una hora escasa, me ha pasado otra cosita. De buenas a primeras, me han venido 4 alumnos a clase. De 15. Poca cosa, pero bueno. Lo que pasa es que, cuando ya hemos terminado (por motivos obvios -viernes, la gente quería irse y tal- a eso de las 21.50 en vez de a las 22.00), se han ido y me he quedado para cerrar el instituto. Cual es mi sorpresa cuando llego a la mesa de secretaría y me encuentro con el candado de los cojones cerrado.
Llamo a casa del hombre que tiene el imán y solucionado. Marco el número con el teléfono de allí y no daba señal. Joer. Ché, como vive cerca, voy en una carrera a su casa y ya está. Por no llamar con el móvil puesto que no tengo porque gastarme dinero en una cosa que ni me va ni me viene. Me planto en su puerta en un instante y le toco al timbre. Le explico, en perfecto turisano (que no valenciano, ojo) que me he encontrado con el candado cerrado y que si fuera tan amable de bajar a abrirlo para yo, volver de otra carrera -a todas estas con la respiración entrecortada del sprint- y ponerlo para así irme a casa y me dice que ya lo cerrará él después y que lo volviera a dejar en la mesa de conserjería. Vale.
Pero lo malo, amigos y amigas, es cuando he ido de segundas al instituto a dejar el puto candado. Se han puesto justo enfrente de la puerta un par de tíos con trasas sospechosas (moros, así que imaginad) y no quitaban ojo de lo que estaba haciendo. Más a la derecha, en un banco de la acera, un grupo de moritos paisha estaba allí también acechando. Así que, el primer impulso que he tenido es simular una llamada telefónica para, por lo menos, hacer ver que vendrían enseguida a cerrar la puerta. Lo que pasa es que cuando me he metido en el coche y mi madre me ha interrogado y ha visto lo que ha pasado (no quería ni irse) le he dicho de irnos. Tras cinco minutos de discutir en el coche de que tenía que haberse quedado con el candadito de marras el tío este al que he ido a avisar y carcomiéndome los demonios, al final, he tenido que llamar con MI móvil. Mira, Pepe, ve a cerrar ya el candado porque se ha puesto un grupo de gente allí a mirar lo que estaba haciendo y no me voy tranquilo.
Y ya no sé que más habrá pasado. Imagino que este hombre habrá tenido la decencia de ir a echar el pestillo. Si no lo ha hecho y estos moritos han entrado a "tomar prestado" algún bien material del centro, tendremos baile. Yo estoy tranquilo; no es mi culpa que el dichoso candadito estuviera cerrado cuando he ido a ponerlo. Lo que pasa es que me jode mucho que me pasen estas cosas. Ni os lo imagináis. A ver que necesidad tengo yo de ir corriendo a casa de este hombre a las diez de la noche. A ver que necesdad tuve yo el día 17 de marzo de correrme medio Turis para acceder al centro y poder dar las clases. No entiendo que hice en otra(s) vida(s) para que en esta me salga todo mal. No lo sé.
Lo que si que sé es que cuando acabe el curso este (el 28 de abril), si tengo más oportunidades de trabajar para esta fundación lo haré sólo si se me da un juego completo de llaves del sitio donde vaya yo a dar las clases. Vamos, como he hecho toda la vida tanto en Turís como en Cortes de Pallás. Estos mareos y sofoquinas no. Lo que me extraña es como aguanto todo lo que me pasa sin estresarme o volverme loco. Tampoco lo entiendo.

Vamos a echarnos unas cañicas... — 2006-04-19 00:10:02