La panacea (I)
Panacea es lo que cura todos los males. Pues bien, descubrí que la panacea existe realmente el domingo pasado (30/04/2006). Por propias y anteriores experiencias, tenía mis sospechas. Pero el domingo di con ella definitivamente: una entrà (mora o cristiana, da igual) bien hecha. Uh, impresionante. Y os pongo en antecedentes.
El domingo de madrugada me acostaba a eso de las 7 a.m. tras haber estado bailando salsa en Tropicana. Como os podréis imaginar, con algún cubata encima. La cosa es que llego a mi cuarto y pongo a cargar el móvil en el escritorio porque en la mesita de al lado de la cama no se ponía a cargar. Cosa rara, pero así fue. Así que, con la alarma a las 11.30 me acuesto durmiéndome casi en el acto.
Cuando me despierto, me dirijo al w.c. Qué raro que aún no sean las 11.30. Ya. Cuando paso por el cuarto de mis padres y veo el despertador, se me va la tontería: las 12.40. Cawen la puta. Corriendo como un tifón -tenía que coger el tren de las 13.08 y la estación, para chinchar un poquito, está en la otra punta del pueblo- me visto, me lavo la cara como los gatos (una gota debajo de cada ojo) y cojo el pito. Salgo todo descamisado al comedor y le digo a mi madre que me suba a la estación.
Cojo el tren con un par de minutos de antelación. Allí, del revuelo que me había supuesto levantarme y vestirme tan rápido, me sube el monón pero en modalidad mala. Vamos, que me pongo malo pero malo de cojones. El viaje a Valencia se me hace interminable y al llegar me meto a comer al chino de al lado de la estación. No me apetecía en absoluto pero si no quería desfallecer tenía que engullir cualquier cosa. Sopa de aleta de tiburón que luego en el ticket aparecía como sopa de aledibrón y ternera con hongos chinos. Para beber, ñas!, litro y medio de agua. Pero como un señor. O un camello, lo que prefiráis.
Y, bueno, porque hay que administrar las cosas, el resto de las aventuras de ese día lo dejaré para contároslo mañana.
