Alucinando a chinas
Como ya sabeis, todos los lunes, al terminar la clase de salsa, vamos a cenar a un chino. Ya desde el principio de ir ahí las camareras del local se sorprendían al ver la cantidad de comida que ingeríamos tanto Jose como yo dejando totalmente inmaculados los platos. Hasta que se acostumbraron, claro.
Pero el lunes pasado volvimos a los orígenes aluncinatorios. Pedimos un menú degustación que tienen nuevo. Nos sacaron papas chinas (que eran como los bocabits de toda la vida pero más finitas y más picantes), una ensalada rara de algas (donde había algas de verdad y no los cables de fibra óptica que te ponen en la ensalada de algas de siempre), un plato con entrantes que tenía dos bizcochitos de gambas, dos unidades de pasta rellena de soja -buenísisisimo- y dos croquetas de ternera con noséqué picante también, un plato de mi-fen con verduras (que son unos fideuicos que te cagas) y un plato de pollo.
Cuando lo pone en la mesa la camarera le pregunto si era con almendras y me dice que no, que era con cacaos. Ah, pollo al kong-pau entonces. Y aquella que abre los ojos como los occidentales asintiendo y preguntándome porque lo sabía. La razón es porque lo he comido alguna vez en el restaurante chino de mi pueblo -que es muy cutre ahora mismo- pero le dije que porque tenía internet.
De postre nos sacaron cuatro pastelicos de calabaza que, buah, engarrofaban más que la hostia. Más que las nueces con poliespam aunque Jose decía que no.
Como veníamos cansados y acalorados de la clase de salsa, aparte de hambre teníamos sed. Pero sed de verdad. Sed de venganza. De lo que querais. La cosa es que, entre cucharada y cucharada, trago que le pegábamos a la copa. Y así pasó que nos bebimos cada uno una botella de litro y medio de agua. Claro, cuando vinieron las dos camareras a recoger todos los platos y tal y vieron las dos botellas de agua vacías se pusieron el codificado y empezaron a whisi-wah, washi-wi para luego, en castellano preguntarnos si nos habíamos bebido ambas botellas. Y sí, nos las habíamos bebido. Con lo que, de nuevo, y esta vez ambas, abrieron los ojos todo lo que pudieron mientras se retiraban con los platos hacia la cocina. Gente rara estos chinos.
